Después de inflar la red tras un potente disparo desde la medialuna, Mikel Oyarzabal se quedó quieto. Solo abrió los brazos. Ni celebró la preciosa diana, la segunda de España en el amistoso contra Serbia en La Cerámica. Era como si le diera pereza festejar el gol, cuando en realidad lo que le pasa es que ya está acostumbrado a autografiar porterías cada vez que se viste de rojo —o blanco roto, como era la bonita camiseta que estrenó España en la noche de este viernes en Vila-real—.
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