La primera baja en una guerra es la verdad, aunque resulte un tópico. La principal dificultad que sufre el periodismo al abordar los hechos es la contaminación de la propaganda de uno y otro bando. En la escalada bélica en Oriente Próximo, que cumplió el viernes una semana, se dan circunstancias que agravan esta situación. Los principales actores son administraciones —el Gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, el de Benjamin Netanyahu en Israel y el régimen de los ayatolás en Irán— poco dadas a dar cuenta fiel de sus actos y con tendencia a la hipérbole. A ello se añade que el conflicto se ha extendido sobre una decena de países, entre ellos Líbano, Qatar y Arabia Saudí, que en su mayoría cercenan el derecho a la información. Y, como ocurrió antes en Gaza con el veto de Israel, el régimen de Irán controla la información, ha cerrado la puerta a los periodistas que puedan contrastar sobre el terreno y apenas unos pocos medios informan desde dentro. En aras de la transparencia con los lectores, veamos cómo cuenta EL PAÍS esta guerra:
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