El cuerpo, inevitablemente, habla. Basta con observar una pintura o una escultura para darse cuenta de que al contemplar un cuerpo podemos conocer el estado anímico de quien está representado. Al ver a un hombre sentado en una silla de mimbre, con los brazos apoyados en las piernas y sosteniendo la cabeza como si fuese un tormento que llevar sobre los hombros, sentimos inmediatamente el dolor de cualquiera. Es, precisamente, lo que pintó Van Gogh en Anciano apenado (En la puerta de la eternidad). Sin embargo, al mirar Ronda de amor, del escultor valenciano Mariano Benlliure, sentimos la alegría de una joven al ver revolotear a los niños. Lo vemos en su rostro sonriente, en sus manos acariciando sus propias mejillas y labios como quien oculta una juguetona sonrisa, y lo apreciamos en su cuerpo desplegándose armoniosamente.
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