Mohamed el Morabet quiere sentirse libre

Mohamed el Morabet quiere sentirse libre

Mohamed el Morabet no quiere sentirse aprisionado por una identidad. Y eso resulta valeroso e insólito en esta era en que las identidades, para bien o para mal, se han convertido en un traje hecho a medida para presentarse ante el público. Mohamed quiere que se le juzgue y se le trate como a un novelista, más simple aún, como a un ser humano. Por eso intuyo que mi mensaje le puso en guardia, dado que se produjo días después de que casi 80.000 personas se lanzaran por tierra o mar desde Marruecos para arribar a la costa de Ceuta; pero como es un hombre considerado y sincero, está dispuesto a charlar sobre todo, literatura, vida, incluso de esa herida abierta que ha convulsionado nuestro país. Siendo un conflicto humanitario y geopolítico que llena mañana, tarde y noche tertulias y diarios, tengo frente a mí a un hombre que, aun no queriendo presentarse como experto, tiene siempre ideas singulares que me hacen pensar. Qué infrecuente es eso, alguien que más que opinar de manera contundente, divaga y acaba dejando a su paso un pensamiento valioso. Camina a mi encuentro esta mañana de agosto desde el Museo del Prado, donde es vigilante de sala, aunque confiesa con ironía que cuando le toca trabajar bajo la penetrante mirada del león de Rosa Bonheur (El Cid) se siente más vigilado que vigilante. Un trabajo alimenticio que ha acabado siendo el refugio que le permite, como a todos los novelistas que a lo largo de la historia han debido compaginar arte y oficio, fantasear con esa novela que está por venir. El Morabet escribe en castellano. No fue una decisión meditada, sino el dejarse llevar por la misma vida que le trajo a Madrid desde Alhucemas a estudiar Ciencias Políticas cuando tenía 19 años. Si hubiera contado con dinero, tal vez se hubiera decantado por París, destino que suelen elegir los marroquíes adinerados. Comenzó a compaginar estudio con mil trabajos, como el de mediador en esos centros de acogida de menores a los que Vox suele mandar sus secuaces para defender la rancia España esencial. El porcentaje de niños extranjeros es mínimo, pero la idea de la invasión migratoria ha cuajado. El joven mediador dejó aquel trabajo porque le frustraba: son necesarios mucho más medios para rescatar a un niño sin familia, pero de la experiencia le queda el recuerdo imborrable de aquellas primeras entrevistas de ingreso en las que un crío, tras muchas preguntas, rompía en sollozos y confesaba haber sufrido abusos. Es algo que conviene recordar: no solo las niñas son vulnerables, lo que ocurre es que los chavales no relacionan la palabra violación con su experiencia.

Mohamed el Morabet en las afueras del Museo del Prado, el pasado 26 de agosto.

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