Cuando le conté a mi hija que íbamos a ver un eclipse casi se muere de miedo. No quería ir a verlo, no quería que viniera, no quería que el eclipse “entrara por la ventana”. Tampoco es raro: la reacción habitual de la humanidad a la ocultación del sol y la repentina llegada de las tinieblas, sobre todo en tiempos precientíficos, ha sido el miedo. Y mi hijita, que tiene cuatro años, es precientífica. A mí, bien pensado, y siendo científico de formación, también me da miedo.
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