Hay historias de las que uno se entera así, por casualidad, mientras toma un café en el centro de Madrid y observa que acaba de entrar por la puerta Alejandro Rojas-Marcos de la Viesca. Lleva una mochila al hombro, el pelo más largo de lo habitual para lo que se espera de un señor de 86 años y un andar ágil y resuelto también infrecuente en los de su quinta. Busca con la mirada a alguien que seguramente lo está esperando al fondo del local, hasta que localiza a Soledad Becerril Bustamante, de 82 años, que se levanta y lo saluda. Ninguna de las personas que desayunan o toman café a su alrededor parece haberlos reconocido, pero en las décadas de los años setenta y los ochenta fueron dos personajes muy relevantes de la política española. Él —entre otras muchas cosas— fundó el Partido Andalucista, obtuvo una considerable representación en el Congreso de los Diputados y fueron célebres las sesiones en las que se las tuvo tiesas con el dirigente socialista Alfonso Guerra. Ella —también, entre otras muchas cosas— se convirtió en 1981 en la primera mujer que formaba parte de un Gobierno de España desde la Segunda República. Pero cuando sus destinos confluyeron —o más bien colisionaron— fue en la década de los años noventa, en Sevilla.
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